La presencia del olvido en la sociedad contemporánea

Las sociedades se organizan valiéndose de muchos recursos. El lenguaje, los protocolos sociales, las costumbres, la imaginación y las estructuras de poder son algunos ejemplos. En términos más concretos, en una sociedad donde no exista una palabra para nombrar el hecho de que una persona actúa con violencia sobre el cuerpo de otra para satisfacer sus deseos sexuales y de control, tipificar la injusticia, nombrar la vejación y hacer cualquier juicio sobre el hecho es imposible.

Afortunadamente en la etapa actual tenemos la posibilidad de nombrar y buscar que se juzgue este tipo de injusticias en casi todos los grupos culturales del planeta, al menos en los más numerosos. Lamentablemente en las sociedades donde tenemos esta  posibilidad, existen las condiciones materiales y simbólicas para que la violencia física, moral y existencial en general sea posible, democratizada y normalizada.

Hay muchas formas de pensar el funcionamiento de la sociedad, una de ellas nos dice que existen regularidades que permiten su reproducción, es decir, cuando la generalidad de cosas que suceden hoy sin que el orden colapse pueden funcionar mañana del mismo modo. Es una lástima que muchas de las cosas que suceden hoy y pueden suceder mañana sin que nuestra sociedad colapse sean moralmente cuestionables pero no las dejemos de hacer.  ¿Cómo es que podemos tener una moral que condena los hechos que pasan comúnmente en nuestra sociedad?

Los orígenes y el papel de la violencia en las décadas recientes de nuestra sociedad serán tarea de otras reflexiones, el punto es que podemos ser una sociedad demasiado violenta al mismo tiempo que nuestro lenguaje y educación parecen rechazarla. Podríamos retomar como parte de nuestra respuesta el ascenso del individualismo y el interés económico, pero eso es un lugar común. Lo que la sabiduría popular llama pérdida de valores tiene que ver con algo más, se trata de un olvido generalizado, no estoy negando el peso del individualismo, sino que se ha instalado en nosotros porque algo sucedió. Y pasó que los individuos tomamos forma, logramos ver nuestra silueta y dentro de ella las partes del cuerpo, porque olvidamos al colectivo.

En una nota anterior mencioné que existía un mecanismo que impedía la participación desinteresada, a pesar de que las personas quieran lograr que las cosas cambien en la sociedad. Este mecanismo es el olvido, no vemos más el beneficio de preocuparnos por el otro, de atender las necesidades de otra persona porque podrían ser las mías, porque son también las mías o simplemente por sensibilidad, esa capacidad emocional que tenemos para ponernos en el lugar de otra persona incluso en situaciones que no deseamos pasar. Muestra de este olvido es el hecho de que podamos saquear un tráiler volcado que lleva artículos de primera necesidad a personas que fueron vulneradas, a sabiendas de su destino, a sabiendas de lo que puede significar.

Podríamos pensar también que ese olvido propicia el uso de estrategias autoritarias en escenarios políticos aun cuando busquemos mostrar un rostro alternativo, un proyecto social distinto a los existentes. El problema es que tenemos en la historia política pocas evidencias de congruencia entre el proyecto político, los valores y los actos. Tal vez la idea de que en ello puede haber congruencia es uno de los olvidos más caros.

En el caso de quienes ejercen la política como un modo de vida el olvido es mucho peor, no tiene que ver con los valores aceptados o con la posibilidad de empatía, se ha olvidado el sentido mismo de la política. La relación entre gobernados y gobernantes está quebrada, los ciudadanos han olvidado – o están en el proceso de olvidar – el papel de la ética en el actuar de los gobernantes, se han dejado llevar por el discurso de la especialización y los resultados. Los cuestionamientos a la escolaridad de algunos diputados son muestra de ello. ¿Acaso los primeros gobernantes neoliberales con sus grados escolares han hecho algo mejor por el país?, ¿es ese el centro de la solución política?

Por su parte, los gobernantes se han dejado llevar por la tendencia de la especialidad, la tecnocracia se ha vuelto la peor caricatura de la república platónica. Una caricatura que se ha vuelto la mejor empresa cuando de beneficios personales se trata. Aunque debería sentirse ofendido el gremio de cualquier profesión que se vea involucrada en la creación de un producto democrático que gobierna a una población como si se tratara de una película de combate, o como si se tratara del déspota villano de una telenovela.

Lamentablemente en ambos casos podemos encontrar un equipo de asesores “expertos” que ha definido el comportamiento del gobernante producto. Como si la sangre y la pobreza no importaran, pero esto solo resulta porque los ciudadanos han olvidado también el papel de los gobernantes, lo que de ellos se puede esperar.

Con estos ejemplos podemos decir que hemos olvidado cómo funciona la sociedad, lo que no podemos renunciar y las formas de hacerlo valer.  Habrá otro momento para imaginar cómo podemos abandonar el extravío.

 

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