Desde los escombros o la esperanza posible*

Vi el dolor en las primeras horas después del sismo cuando crucé la ciudad del sur al poniente, la desesperación de una mujer por no saber de sus hijas que estaban en una escuela al otro lado de la ciudad, vi también varios edificios caídos y los primeros intentos de organización espontanea de albañiles y jóvenes para el rescate de vecinos atrapados, cómo las calles se llenaban de autos y transeúntes queriendo ir a cualquier lugar, a cualquier ciudad.

Yo no formé parte de ninguna brigada, tampoco organicé nada, solo tuve el privilegio de ver, escuchar y leer a las personas que tomaron el protagonismo en el momento que parecía que todo se rompía, que cualquier cosa se caía de la nada. Así las siguientes 36 horas hasta que parece que la desmovilización social es la estrategia.

Quiero hablar por eso de lo que no se ha roto, de lo que pensamos que estaba roto pero de pronto apareció para proteger a este país del abismo posible. Hace varias semanas platicando con dos amigos queridos nos preguntamos dónde estaba el tejido social, si había algo más que individualismo en esta sociedad, si la gente podía ver más allá de su propia nariz.

Hoy sabemos que sí, que las tragedias han escrito con tinta invisible en la memoria de nuestra sociedad que no estamos solos, que nadie está abandonado cuando el abismo aparece en nuestros pies o cuando el mundo se viene encima del mundo. El problema ha sido que en días normales no lo habíamos recordado, la dinámica social y económica del país nos había traído a pensar que cinco salarios más de sueldo – o cien – hacen la diferencia, de cara a la muerte podemos darnos cuenta de que no es cierto, que la vida y la muerte están muy lejos del dinero.

Con alegría podemos decir que la responsabilidad de las personas es mucha, que la capacidad de empatía de las generaciones de milenials que habíamos criticado hasta cansarnos es muy grande, que los que acostumbran quejarse de lo mal que está la vida también tienen la capacidad de hacer algo más que marchas o memes, otros como yo podemos ver con alegría que en muchos lugares parecía sobrar manos a pesar de nuestra inmovilidad. A pesar de ello no todo está ganado, son mortales las intransigencias del gobierno al aceptar ayuda de la ciudadanía, al tratar de mostrar que todo estaba bajo su control cuando llegaron tarde como siempre.

Después tenemos a los medios de comunicación, con sus clichés, con una contradictoria promoción de la imagen de un México que se levanta por la solidaridad y de un forzado protagonismo del secretario de educación, el presidente y el ejecutivo de la ciudad. Así pudimos darnos cuenta de su papel en la tragedia, al buscar información que nos de un panorama general de la tragedia podemos comprobar la conveniente ausencia.

De los gobernadores de Puebla, Morelos e Hidalgo poco se supo a nivel nacional, del congreso de la unión tuvimos muestras claras de una grosera sinceridad. Pero debemos decirlo, su avaricia y cerrazón solo a ellos les ofende, es claro que si la ciudadanía se lo propone puede prescindir de su clase política, una vez más como hace 32 años esto es visible.

Aunque tal vez tengamos como ciudadanos muchas cosas por aprender, evitar rumores, dejar de lado el centralismo, ir más lejos. En Morelos parece la ayuda no ha sido tan basta, en Xochimilco pasó tiempo en que la solidaridad llegara, de Iztapalapa poco se ha dicho, de pueblos y comunidades en Puebla y Morelos poco sabemos también.

Sobre la marcha quienes hicieron donaciones tuvieron que aprender, nunca sobra pero a veces se puede gestionar mejor el recurso, calcular mejor la comida preparada y las latas, pensar en los medicamentos, pero todo se resolvió con eficacia según pude saber.

Además aunque las últimas semanas previas al sismo la perspectiva de género parecía ganar presencia, en el discurso general durante el rescate dejamos de lado que hay personas que son más vulnerables o que se encuentran más expuestas.

Aún con mucho la presencia ciudadana ha sido muy grande, la toma de control por parte del gobierno bastante cuestionable, al parecer el temor a la organización social puede más que la tragedia. Falta todavía saber en qué se destinará el dinero que ha sido donado por personajes nacionales e internacionales, cómo llegará al país y quién se encarga de rendir cuentas por ello.

Quienes no van a perder son las constructoras, ellas cobrarán – a menos que la historia se equivoque – cada edificio que se vuelva a levantar, cada inmueble rehabilitado, muestra de su ímpetu por el negocio es que en las mega construcciones no se ha dejado de trabajar, un día después del sismo se podía ver gente colgada de un metal que alcanza unos 30 metros de altura de lo que será después parte de un lujoso departamento en una linda, exclusiva y sensible zona de la ciudad.

¿Qué podemos aprender de todo esto? No somos lo que hemos aprendido, no somos un puñado de deseos que se aleja de lo que le estorba, es mentira que el dolor ajeno es menor que nuestra preocupación por la seguridad personal como los años de sangre y dolor nos han hecho pensar. También es falso que salir a la calle para hacer algo nos pone en un riesgo mayor. Espero quienes habían dudado en ser activos no olviden ya esta experiencia y quienes lo han dudado pero sienten ese impulso se animen al fin, la reconstrucción material que nos impone la tragedia – disculpen que lo diga así – es mucho menor al reto que el letargo ciudadano y la falta de visión de los últimos años nos exige, faltan manos para reconstruir un país que ha esperado la empatía de su sociedad.

Faltan plumas también, es importante que el futuro no ensombrezca estos días de dolorosa esperanza. Debemos dejar constancia para nuevos rostros de que podemos amar y sufrir a los desconocidos. Debemos apoyar para que las y los ancianos, jóvenes, adultos y niños puedan aprender que no estamos solas si el abismo se asoma, si el mundo nos cae encima. Que no hay gritos ahogados si una multitud nos espera con vida.

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* Para las almas indómitas que hacen valer su deseo de sentir la vida.

 

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