Pendientes de la educación intercultural*

En las últimas décadas la palabra interculturalidad ha sido cada vez más usada para definir las relaciones entre distintas culturas. En las reflexiones sobre estas relaciones hay algunos presupuestos que se requiere problematizar, el presupuesto de la simetría es el principal. El siguiente es el de la voluntad y el tercero de la comprensión.

Comencemos con la simetría. Para comprender la situación actual de eso que llamamos relación intercultural es necesario que comencemos por el sentido histórico. Así debemos pensar primero que las actuales relaciones entre miembros de dos o más culturas tienen una serie de causas que en sus inicios pueden ser identificadas con el periodo colonial. Al menos en lo que corresponde para una parte de América, Asia, África y Oceanía. Es decir que las relaciones de intercambio comercial y cultural que se establecían antes de 1492, a pesar de que fueran relaciones que tenían entre sus intereses la asimilación cultural y la dominación – como el caso de los mexicas, los católicos y musulmanes – no contaban con los dispositivos que cuentan ahora los grupos dominantes. La ideología, el comercio y las instituciones de gobierno, para ser más claros. Todo esto se fue fortaleciendo durante siglos a partir de 1492.

El fortalecimiento de la ideología clasista tiene una relación clara con el aumento de bienes materiales que propició la dominación territorial, militar, comercial y cultural de los territorios conquistados para las nacientes metrópolis europeas. El refinamiento de las costumbres cortesanas, la imposición de una estética en el vestido, en los modos y la ampliación del cuidado de la salud no hubieran sido posibles, al menos en la forma en que sucedió, sin el acceso a los excedentes materiales que representó la dominación colonial.

En términos ideológicos la intención de alcanzar las comodidades que otros habían ya logrado se tornó pronto en un medio para aumentar la desigualdad en favor de los grupos que concentraban los recursos. Debemos tener presente que la economía no generaría el excedente que hay sin el principio de recursos escasos, aunque en muchas ocasiones se podría preguntar ¿escasos porque alguien tiene la posibilidad de acumular o porque en realidad hay poco en el medio?

Esto sucedió también en los territorios colonizados. De tal manera que ya desde el inicio de la historia moderna de nuestras naciones la desigualdad material existente entre los grupos de colonos o esclavos – que además eran de culturas distintas a la de la metrópoli – y los de la metrópoli se transformó en el motor ideológico que permitió ocultar la subordinación militar que aseguraba la consecución de normas y una organización social que prolongaba la desigualdad.

Como sabemos en el momento de la emancipación liberal las ideas de igualdad y justicia participaron en la transformación de la dominación material de las relaciones de dominación colonial. Sin embargo, el dispositivo del deseo y frustración propiciado por la desigualdad material y su combinación con la hegemonía ideológica ha permanecido a pesar de ello. Esto es lo que subyace a la intensión de dividir el mundo en tres estratos, como si los escalones fueran estáticos y no se movieran de la mano de quién se posiciona en el primero.

La crisis económica de la década de los 70 y el proceso de restablecimiento de las tasas de ganancia de las grandes empresas a niveles anteriores a la depresión de 1929 ha requerido la ampliación de relaciones de mercado a espacios que hasta el momento habían participado como deficitarios en el progreso social, la participación amplia de mujeres en el mercado laboral puede tener una relación con esto, el acceso a servicios en las comunidades de pueblos originarios y la ampliación de la oferta educativa también.

En parte por esta ampliación de mercado es que en este periodo neoliberal se da un nuevo giro hacia las alteridades étnicas, con altos costos para el discurso político de la democracia y para los pueblos originarios también. Son claras las luchas por el territorio, el control de la flora, fauna y la corteza, así como las fuentes naturales de energía. Para quienes asumen el progreso todo esto son recursos, para quienes cuestionan su validez e intentan retomar otras relaciones con el entorno sería un error llamarles así. Aquí hay un caso que nos remite al presupuesto de comprensión, ¿hasta dónde se puede hablar de categorías equiparables?, ¿hasta dónde la ampliación de la oferta educativa permite la sobreposición de un lenguaje respecto a otro? Podemos pensar en el derecho a la vida o en las responsabilidades sobre un hecho, el aprendizaje, por ejemplo.

El presupuesto de comprensión oculta las diferencias de sentido entre dos o más culturas, oculta también que la tensión entre diferentes sentidos de culturas distintas es soportada por un solo sujeto cuando de educación formal hablamos, este sujeto tiene la responsabilidad de decidir sobre la validez de al menos uno de los lenguajes usados para explicar la realidad, pero no lo hace solo, la escuela se encarga de mostrar cuál tiene más prestigio.

Altos costos también para las democracias porque se ven forzadas a tomar postura entre la defensa de los derechos de pueblos originarios y los intereses de producción. Cada vez es más predecible el resultado, lamentablemente. Esto nos remite al presupuesto de la voluntad, asumir la interculturalidad como un diálogo implica que los actores invitados tienen voluntad para ello, ¿se puede dialogar con quién te aniquila?

Este tipo de costos son los que no se describen en la mayoría de definiciones y descripciones de la interculturalidad. Se habla sin problemas de la armonía y el diálogo, pero se deja de lado lo relacionado con la desigualdad material, la imposición ideológica, lingüística y epistémica.

Así que al pensar en la educación intercultural nos tendríamos que preguntar por la forma en que se genera una perspectiva educativa que reconozca e intente remontar las desigualdades propiciadas por la modernidad. ¿Por qué no podemos aún remontarla?

La respuesta es compleja, baste ahora dejar dos indicios:

El primero tiene que ver con el lugar en que estamos, no solo el espacio físico sino también el lugar en el que nos encontramos socialmente, las ideologías se escriben y reescriben en lugares y cuerpos. Nuestro cuerpo y nuestro lugar han sido escritos ya, este indicio nos debería permitir preguntar algo similar a lo que Descartes ¿lo estoy pensando yo o acaso un duende maligno me hace imaginarlo?, ¿es que los indicios sobre las desigualdades son razón suficiente o hay algo escrito en los cuerpos, por ejemplo, que podemos llamar de manera genérica confort y deseo, que nos dificulta asumir una postura?

El segundo indicio tiene que ver con el momento en el que estamos. Si las ideologías se escriben en lugares y cuerpos podemos decir también que eso sucede, un suceso no se puede observar sin un tiempo y en el tiempo hay convergencias. Porque no somos los únicos que estamos pensando en esto que usted lee, los momentos tienen la posibilidad de concentrar diversas fuerzas que aparentemente están en equilibrio. ¿En qué parte del equilibrio estamos?, ¿qué pasaría si una fuerza cambia? Más allá del mecanisismo de las preguntas, la importancia de reconocer que en todo caso hay o puede haber diferentes intereses que se entretejen, producen y asumen discursos o ideologías, en este caso para influir sobre las relaciones interculturales, es importante. ¿Por qué hablar de diálogo entre culturas cuando hay mineras sobre los pueblos, campos de refugiados y hambrunas? La pobreza y la ambición no son privativos de ninguna cultura.

¿O sí?

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*Las reflexiones iniciales de este texto fueron planteadas en la conferencia Pendientes de la educación intercultural en México. Una experiencia, que dicté en 2015 para la Universidad Intercontinental.

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