Sentido y ciudadanía

¿Si sabemos los daños del tabaco por qué fumamos?, ¿si alguien sabe que al delinquir arriesga la vida por qué lo hace? El sentido puede entenderse como la razón o la finalidad de algo, así podemos entender que el sentido de que alguien vaya al cine o a jugar fútbol es pasar un tiempo agradable, difícilmente se pensaría que alguien juega fútbol para lastimarse o para aprender literatura. Es decir, hacemos las cosas para algo. Aunque habría que preguntarse si todo lo que hacemos tiene un sentido, al menos si tenemos consciencia de ello.

Hay muchas cosas que hacemos en la vida y no sabemos por qué, creemos que lo hacemos por algo y resulta lo que no habíamos pensado, incluso si planeamos las cosas. De hecho, si planeamos algo y resulta distinto nos puede frustrar, entonces el reto sería remontar esa frustración, pero durante el proceso las cosas hechas parecían importantes, tenían un sentido. Es la idea del viaje a Ítaca, al final vale por el viaje no por el destino.

¿Pero qué pasa si el viaje y el destino dan lo mismo?, ¿si el destino importa, pero cómo se llegue ahí da lo mismo? Los analistas políticos sofisticados y personas con ciertos conocimientos generales independientemente de su escolaridad podrían responder que el fin justifica los medios, una parte importante de la riqueza y el prestigio en la historia se ha logrado así, teniendo claro el fin, recordándolo cuando en el camino algo nos hace sufrir, cuando ya no queremos seguir o cuando tenemos que superar un obstáculo de cualquier manera.

Pero fumar y delinquir no son un fin en sí, no he escuchado que alguien fume para ver como se consume el cigarro o para poner humo en su cuerpo, casi siempre produce algún efecto, ya sea de placer o de relajación. Del mismo modo hay pocos delincuentes que actúan así por convicción, difícilmente sabremos que robe por robar y no por poseer algo, que asesine por el acto, sin un fin concreto. Es posible que en el caso del delincuente el medio no importe, o que no importe dañar a alguien con tal de conseguir lo que se busca. En el caso de fumar es posible que el fin sea más importante que el proceso.

A una escala más amplia, lograr la riqueza con el sacrificio de otros – legalmente válido o no – implica un cuestionamiento sobre fines y medios, en esto las movilizaciones sociales durante más de un siglo han alcanzado el logro de derechos elementales, al margen de ellos la explotación no solo sería cuestionable en lo moral, también en lo jurídico. Sin embargo lograr riqueza por encima o al margen de lo socialmente permitido implica romper muchos lazos sociales, alguien que comercia droga al menudeo pone en cuestionamiento su relación con el grupo social al que pertenece, entra en una lógica de violencia que hace que su vida y la de personas cercanas esté en riesgo, posiblemente pase lo mismo para un secuestrador, por modesto que sea. La pregunta es ¿por qué hay quienes lo hacen?

Decir que es por necesidad implicaría que si se ofrece una alternativa que satisfaga esa necesidad las personas dejarían de fumar o delinquir, pero aún con parches de nicotina hay quien vuelve a fumar y aún teniendo dinero hay quien roba. Además este supuesto obvia la reflexión ética de las personas, ¿qué pensar de alguien que hace cualquier cosa sin preguntarse por su significado o consecuencias?, ¿no será que incluso con las necesidades materiales satisfechas esta persona podría – también – hacer cualquier cosa sin importar su significado o consecuencias? Como robar, asesinar o traficar personas.

Hay problemas graves para una sociedad que no tiene límites claros para que las personas se relacionen, donde quienes tendrían la función de mediar no tienen la legitimidad para hacerlo y donde la empatía, los sueños y la dignidad pagan la certeza, uno de los más graves es que la confianza hacia los demás se debilita. Otro es que esta falta de límites permite que las personas se vean como objetos, cosas que pueden servir de algo y sobre los que no hay que preocuparse, si no hay confianza difícilmente habrá acciones colectivas, la tendencia es asegurar lo propio antes que la tormenta nos alcance, millones de audaces queriendo ser más rápidos, listos y fuertes que el resto. Esta tendencia a centrar las energías en resolver las necesidades del presente provoca la devaluación del futuro.

¿Para qué viajo si no hay destino que me interese ni trayecto que me atraiga?, ¿podría ir a cualquier lugar de cualquier modo? Sentido también significa dirección, si no hay finalidad ni dirección porque el futuro es borroso cualquiera podría ser el peor de los personajes, si no importa el viaje o el trayecto tampoco las acciones. Seguir esta idea hace pensar que las necesidades no son materiales. Pero el sentido no lo define la moral, la moral acompaña los actos porque permite hacer juicios sobre lo que representan y sus consecuencias. Pero la posibilidad de estos juicios se perdió cuando el cielo y el infierno dejaron de representar un destino posible.

Pero esto no quiere decir que estemos en un callejón sin salida, la respuesta puede estar en nuestras narices y no la vemos. En esta sociedad fragmentada hay muchas cosas por las que se siguen haciendo planes, que hacen que la gente se preocupe por el proceso lo mismo que por el resultado. Que hagan juicios sobre la mejor forma de hacer las cosas. La mayoría, al menos, implican relaciones en colectivo, fiestas patronales, celebraciones, eventos sociales o familiares. El sentido de la vida parece haberse resguardado en el calendario, hacerle salir y poblar otros espacios implicaría ayudar a resolver la falta de límites y confianza, también a fortalecer la ciudadanía.

En su sentido menos formal, ser ciudadano implica convivir, lograr acuerdos y preocuparse por los demás, es pensar en el calendario y no en las fechas. Por ello es imperativo lograr que las personas convivan, tomen acuerdos, los cumplan, que se preocupen por los demás y por el futuro en los espacios más obvios, en los momentos más improvisados o efímeros. Lograr esto podría ser parte del programa educativo más importante en décadas recientes México, representaría sin duda revertir – al menos en parte – las consecuencias de la perdida de sentido lograda en las últimas décadas. No hacen falta muchas evidencias para valorar su importancia en un país como México, con altos índices de violencia y con discusiones que sobreponen el interés particular al bien colectivo. El sistema educativo nacional tendría la capacidad de encabezar un programa de este tipo, además fortalecería sus funciones.

 

Isidro Alterrealista

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