De payasos y jilgueros, sobre libertad y tragedia en la pantalla

¿Qué tal si viéramos el mundo como las historias que nos gustan?, creo que sucede en más de un sentido, en este caso me interesa contrastar las consecuencias de asumir los argumentos de dos películas. Por un lado tomaremos Joker, que ha causado una serie de comentarios sobre la violencia sistémica y las consecuencias de la desigualdad. Por otro lado está el Jilguero, menos afamada y también reciente, que habla sobre una persona en una situación vulnerable, con una vida tan trágica como común en ésta época de vacío existencial.

En términos sintéticos podemos afirmar que Joker ofrece una perspectiva clara sobre la producción social de las enfermedades mentales y los desadaptados sociales, algo que en la psicología y sociología de Estados Unidos se discute desde al menos principios del siglo pasado. En esta historia es claro que el protagonista no tenía desde el principio la intención de provocar daño, su injerencia en las revueltas populares fue circunstancial, no hubo, hasta después de su primer crimen,  premeditación. El enfermo mental y criminal son víctimas y productos de una sociedad que les rechaza, que les invisibiliza y niega oportunidades para el ocio y la subsistencia, incluso les utiliza como motivo político o de espectáculo sin el menor respeto a su dignidad. El tremendismo de los diálogos y las imágenes refuerzan constantemente esta idea, los parias son producto de su entorno, tienen una vida triste en una ciudad triste y conviven con otras personas deprimidas, ¿cómo van a actuar de otro modo? Se trata de un sistema social que produce sus propios villanos.

Sería un error rechazar el poder explicativo de un argumento así para casos de algunos delincuentes afamados y de quienes padecen las ya no tan nuevas enfermedades o trastornos mentales como la depresión. Siempre hay una influencia del contexto, sobre todo en sociedades con altos grados de desigualdad y frustración. Los anteriormente llamados cinturones de miseria, localidades enteras dominadas por actividades ilegales podrían explicarse bajo el mismo principio del abandono social. Sin embargo, queda una pregunta el aire, ¿por qué aún cuando en la historia la ciudad entera parece enloquecer y personificarse en el protagonista no todos son locos o criminales?, por ejemplo la vecina que termina siendo víctima del payaso.

Hay algo que el foco sobre el protagonista nos oculta, tal vez con un argumento menos tremendista lo podamos ver. El Jilguero narra la historia de un niño que es víctima de un atentado terrorista en un museo, ahí muere su madre y roba (por desconocimiento) una pintura muy famosa. La perdida y el robo le acompañaran toda la vida, incluso hasta el punto de buscar el suicidio. Con un padre alcohólico que muere pronto, el protagonista debe asumir su situación vulnerable en una vida llena de traiciones y mentiras, donde la ética y moral parecen ser un accesorio de una tienda de antigüedades. Esta historia no se posiciona política o moralmente sobre alguno de sus personajes, evade asumir normalidad en cualquiera de sus actos, sin embargo, da cuenta de la tensión constante entre las condiciones del contexto, las decisiones personales y las circunstancias resultantes. Tal vez lo destacable de esta historia en términos sociológicos es la intención de escapar a cualquier forma de determinismo. Los personajes interpretan la realidad y toman decisiones, también evaden, subliman, niegan y se sinceran.

Ambas historias muestran una manera de comprender la vida personal y social, ambas perspectivas pueden ser válidas en ciertas circunstancias, pero una matiza la violencia social a la que todos – no solo los marginales – estamos sometidos, la otra opaca la cotidiana toma de decisiones. En Joker parece que somos víctimas de la circunstancia, ¿qué tal si el protagonista no acepta la pistola o no la carga diario? En el Jilguero se resalta la capacidad de resilencia del protagonista, se asume la ética como un hilo conductor de la vida: “estamos condenados a decidir”, podría decirnos el protagonista. Sin embargo, asumir esto podría llevarnos al nihilismo o al optimismo emprendedor.

Para el nihilismo estamos solos siempre y no podemos esperar nada (en mayúsculas nada) de nadie, para el optimismo emprendedor bastaría con tomar las mejores decisiones y esperar a que la vida nos devuelva lo que hemos dado.

Las consecuencias políticas y sociales de asumir cualquiera de estas versiones son riesgosas, somos menores de edad permanente quienes poco o nada tenemos; construir en colectivo es como darle flores a los cerdos o la gente sufre y es pobre porque quiere. Con seguridad podría afirmar que la vida humana es más compleja que cualquiera de estas versiones o algunas de sus combinaciones.

El éxito comercial de las historias crudas y trágicas me hacen pensar que se generaliza una visión trágica de la vida, somos presa del destino o las circunstancias. Afortunadamente también hay otras historias, otras forma de narrar la vida y de comprenderla, en el cine tenemos la historia interminable, Harry Potter o Matrix, en las dos primeras la magia hace ver que incluso lo que parece destino es producto de causalidades y decisiones. En la última paradójicamente es el Oráculo quien hace ver a Neo que no hay nada predeterminado y que nunca podemos subestimar la relevancia de una decisión.

Isidro Alterrealista

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