Almas desnudas y dignidad ante la epidemia

Siempre he confiado en los finales felices, aunque a veces se encuentran muy pocas pistas. Es lo que pasa con la crisis sanitaria que vivimos, más allá de los acuerdos con las políticas de contingencia que se están tomando. Un problema tal vez sea que en situaciones límite nos mostramos en blanco y negro, las crisis desnudan las almas y aún estamos a tiempo de ocultar las propias vergüenzas.

En una situación de alarma la gente puede sacar lo peor o lo mejor que tiene de sí, por ejemplo en 1985, después del segundo sismo tuvieron que buscar a un alto funcionario que estaba perdido de borracho en el jardín de su casa, pues no sabía qué hacer con la gravedad de la situación.

Pero en ese evento también sucedió que muchos habitantes de la ciudad salieron a apoyar en el rescate de las personas y la reconstrucción de la ciudad, a sacar cadáveres de entre los escombros y levantar casas. De ello se ha dado cuenta en incontables documentos, de lo bueno en estos días sucederá lo mismo, será motivo de cantos y cuentos, como cuando los ancianos parten para dejarnos ver el nuevo mundo.

En la época actual hay un grupo amplio de funcionarios que ofrece claridad sobre lo que puede suceder, de lo que está sucediendo, y busca orientarnos para administrar la epidemia. Pero una sociedad que por décadas ha sido embriagada de autoritarismo, avaricia e insensibilidad puede ser el arma del oráculo. Si los pronósticos más negativos se cumplen, terminaremos arrancándonos los ojos por la culpa de no haber visto lo inevitable. Veamos algunos ejemplos que nos pueden llevar al precipicio.

Si bien es cierto que hay mucho de nobleza en los habitantes del país, también es claro que ha sido insuficiente para detener el mar de feminicidios y la avalancha de muertes por violencia que tenemos al año. Fue incapaz de evitar que en comunidades enteras el huachicol echara raíces, la trata de blancas y otras joyas del nuevo mercantilismo. Estos ejemplos, junto con el grueso de la economía informal sirvieron también para crecer el árbol del clasismo, haciendo parecer que la pobreza está asociada a la falta de ética. La misma dinámica sirvió también para justificar que todos los políticos son iguales, que el gobierno está arrodillado ante intereses trasnacionales, que ante su ineficacia lo único que nos puede salvar es la sociedad civil. Esta visión recupera la idea positivista de que sin educación y trabajo duro las almas están corrompidas.

Si este discurso se ha tomado por verosímil las últimas décadas, hay que preguntarnos por los grandes empresarios que han podido acudir a las mejores escuelas, que mandan a sus hijos a las mejores escuelas y les enseñan desde temprana edad el valor del trabajo y el estudio ¿por qué algunos de ellos carecen de la sensibilidad necesaria para suspender sus ganancias en aras de cuidar la vida de sus trabajadores?, ¿por qué estas personas – tan bien educadas, que han viajado y seguramente hablan más de dos idiomas – pueden tener una actitud tan deleznable  y nefanda?, totalmente cuestionable por desdeñar el derecho a una vida digna y por sacar provecho de otros cuerpos, vulnerándoles, sin el menor reparo.

Hay centros comerciales operando en la zona conurbada de la Ciudad de México, locales ofreciendo servicios “no esenciales” con la cortina a medio cerrar, en todos los giros: como el caso de bares o el de agencias automotrices que ofrecen el servicio de post venta – refacciones y servicios – pero al interior siguen vendiendo autos. Nada de esto es nuevo, ya se ha ventilado en medios y redes, pero los trabajadores siguen en riesgo y los empresarios ganando.

Aunque hay otros problemas que distan de asociarse a medianos y grandes empresarios, es imposible obviar que entre la clase media y baja hay prácticas a las que se puede otorgar los mismos adjetivos que a las arriba descritas. Es el caso de las compras de pánico en supermercados, a pesar de los llamados a la mesura. Otro ejemplo es la venta de insumos médicos enlas calles y tianguis de la ciudad – ¿por qué no se venden en un establecimiento?, ¿será que representan faltantes en alguna clínica? – como mascarillas, gel antibacterial y guantes, todos esenciales para atender la contingencia.

Es el caso también de la clase política, grandes empresarios e incluso movimientos sociales, que más allá de buscar acuerdos, mostrar solidaridad y mirar por el bien común, se mantienen en las pugnas políticas, descalificando a sus opositores, mirando hacia sus objetivos particulares; desmereciendo el prestigio que pretenden.

Hoy más que nunca es evidente que cualquiera de nuestros actos puede traer las consecuencias menos deseadas, que las cosas que hacemos se reflejan en el tiempo y tienen afectaciones incalculables. ¿Es que no se enteran?, ¿es que piensan que de esto alguien puede sacar más provecho que la enseñanza del dolor colectivo?, ¿por qué es tan complicado entender que bienestar se escribe en plural?

A pesar del horizonte borroso que hemos apuntado, sabemos también de medidas comunitarias tomadas para el cuidado colectivo, en zonas urbano marginales o en medio de la montaña, donde hay consciencia de los recursos limitados y se promueve el cuidado general, donde se han activado redes de apoyo o se promueve el consumo solidario.

Solo podemos mantener la utopía de que el mundo que viene será tejido de paciencia y amor, que por raíces tendrá la solidaridad, el dolor colectivo, la memoria y la dignidad.

Isidro Alterrealista

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